Tweet
9 de Septiembre, Madrugada
Salió
de la cabaña. No estaba allí. Subió al techo para tener mejor panorámica pero
no encontró nada.
Decidió entonces deshacer el
camino que separaba la cabaña del castillo. El refugio estaba bien oculto,
nadie más tenía porqué saber que existía. Llegó hasta la linde del bosque. La
silueta del castillo se dibujaba ante ella. Una luz al fondo, un sonido de
motor. Un Hummer se alejaba.
Llevaba
ya tres días buscando. La noche estaba cerrada. Saltó desde una rama de un árbol
a otro. Era tan extraño. No había apenas árboles en millas a la redonda pero
ese pequeño bosque era tan espeso. Acunado en la ladera sur de la montaña y
alimentado por las aguas que caían desde la cumbre había conseguido abrirse
paso entre los páramos desolados y rodear la orilla noroeste del lago, donde se
erigía el castillo.
Volvió
a sondear su alrededor, agudizó su vista y oído pero no pudo percibir más que
el viento en las ramas y unos pocos animales nocturnos. Tal vez más arriba.
Saltó nuevamente sobre otro árbol y subió en dos saltos hasta la parte más
alta. La copa acababa en pináculo, así que se asió a él. Sus ojos se tornaron
amarillos, como cada vez que empleaba sus sentidos de esa manera. Podía ver
mucho más allá que cualquier humano, incluso en esa oscuridad. Unas noches
atrás habría resultado más fácil. Había habido luna llena hacía cinco días y su
luz, aunque tenue, habría facilitado la tarea. Otra vez nada.
Lo
intentó con el resto de sus sentidos. Oyó acercarse una ráfaga de aire. Traía
el aroma salado del mar. A pesar de encontrarse la costa a unas nueve millas a
noroeste podía distinguir el olor de las aguas y lo que arrancaban de las
escarpadas rocas. Pero nada de eso ayudaba en su búsqueda. Empezaba a desesperar.
Saltó
sobre un par de árboles más, su agilidad no tenía nada que envidiarle a sus
sentidos. Decidió descender. Se posó sobre el suelo de golpe, estaba muy frío.
Las hojas perennes de estos árboles no caían para cubrir las huellas, eso era
una ventaja. Solo que no era capaz de encontrar ninguna.
Se
agachó para tratar de encontrar su rastro, una marca en el terreno o tal vez un
olor conocido. Nada. En ese momento deseó que Jared estuviera allí. Él lo
habría encontrado enseguida.
Tres
noches sin dormir comenzaban a hacer mella en su estado físico, y el anímico
también.
De
pronto sintió la huida en pánico de una ardilla, como a media milla al noreste.
Esperó unos instantes. Los pequeños roedores de la zona escapaban despavoridos.
Todos se alejaban de un punto en concreto, y ella sabía muy bien de qué estaban
huyendo.
Corrió
tan rápido como pudo. Llegó en dos minutos. Buscó por unos segundos y pronto un
bulto en el suelo llamó su atención. Se acercó para distinguir un cuerpo
yacente. Era grande, de un hombre adulto. Estaba de lado con la cara pegada al
suelo. Respiraba agitadamente, probablemente se acababa de desplomar.
-
¡Ness!- gritó al reconocer la silueta de su hermano. Se acercó y comprobó su
estado. Se había desmayado. Trató de despertarle girándole la cara y
propinándole pequeñas bofetadas pero no consiguió nada. Sin duda estaba
exhausto. Respiró aliviada, por fin le había encontrado.
Se
sintió muy cansada de golpe, la adrenalina se estaba retirando, así que tuvo
que hacer un último esfuerzo. Cogió a su hermano por la axila con toda la
fuerza que le quedaba y lo puso sobre su hombro. Con el otro brazo le asió la
cintura y se incorporó poniendo rumbo a la casa.
El
silencio que circundaba el castillo cada noche era profundo, como si tuviera
entidad propia. Quebrarlo parecería sencillo, sin embargo, cada aullido del
viento, cada pisada de animal, cada crujido de árbol era amortiguado hasta
desaparecer.
No
fue un sonido pues lo que despertó a Nora, fue más bien una sensación. Se
incorporó y se quedó sentada en la cama. Trató de despejarse. Se puso las
zapatillas que descansaban a los pies de la cama. Se acercó hasta el sillón
donde reposaba su bata y la cogió. Se la puso y se dirigió a la cómoda junto a
la puerta donde había un viejo candil de gas.
“Viejas costumbres” pensó al encenderlo,
recordando cuantas veces le habían ofrecido una linterna para alumbrarse por
las noches.
Salió al
pasillo. Esta vez si le había parecido escuchar un ruido. Levantó un brazo para
que la luz alumbrara frente a ella. Entornó los ojos para tratar de discernir.
Distinguió una forma enorme en el recodo próximo al pasillo. Dobló la esquina y
fue lentamente hacia ella. Apenas pudo ahogar el grito que le produjo el
sobresalto.
- Nana, tranquila.-
dijo una voz familiar- Soy yo.
Nora acercó el
candil en dirección a la voz e iluminó el rostro de Nat. Lo subió un poco más
para poder apreciar qué producía la sombra a su lado.
Se recuperó de
la sorpresa inicial al reconocer el cuerpo de sucio de Ness.
- ¡Dios
bendito!- exclamó- ¿Cómo se encuentra?
- Mal.- contestó
Nat.
- Llevémoslo a
su cama.- dijo Nora y ambas se dirigieron a la habitación contigua. Allí
dormían Nat y Ness.
Originariamente
las dos habitaciones estaban unidas y formaban un gran dormitorio con baño
propio. Cuando llegaron los hermanos se decidió que, puesto que Nora iba a
hacerse cargo de ellos, los niños dormirían junto a ella. Se construyó un muro
que dividió la habitación en dos y se remodeló el baño para que tuviera acceso
por ambos dormitorios.
Nat tiró a
Ness sobre su cama, la de la izquierda, y los muelles crujieron.
- Ten cuidado
hija.- le reprendió Nora. Nat no tenía fuerza para contestar, mucho menos para
seguir cargando a su hermano.
Nora se acercó
a Ness y pudo comprobar que respiraba levemente. Trató de encontrarle el pulso
en la muñeca pero no fue capaz. Apoyó su cabeza sobre el pecho semidesnudo del
muchacho, manchándose la cara de barro y sangre. No le importó, había
conseguido escuchar el sutil palpitar de su corazón. Suspiró aliviada.
- Hay que
avisar al doctor Mortensen.- se recompuso y dijo seria- ¡Vamos niña!- exclamó
ante la impavidez de Nat.
La chica salió
corriendo en dirección a la escalera para subir al piso superior donde estaban
las habitaciones de los profesores y el personal médico. Afortunadamente la
habitación del doctor era la primera de la izquierda.
Llamó
repetidamente a la puerta aunque tratando de no hacer mucho ruido.
- Doctor
Mortensen.- susurró con la cara de medio lado pegada a la puerta- Doctor
Mortensen.
Escuchó
movimiento y un juramento en una lengua que no reconoció. El doctor era danés.
Unos segundos más tarde se abrió la puerta de la habitación y apareció el buen
doctor en bata y pijama, con los ojos hinchados y gesto desorientado.
- Es mi
hermano.- dijo Nat cuando supo que el doctor la había reconocido- Ha aparecido
y no está en muy buenas condiciones.
El doctor no
dijo nada. Entró de nuevo en su habitación, se dirigió hasta la mesilla de
noche y cogió sus gafas de ver, que descansaban sobre un libro de cabecera.
Salió del cuarto, cerró la puerta y se encaminó escaleras abajo siguiendo a
Nat, que ya había tomado la delantera. A paso rápido llegaron a la habitación.
Nora se apartó
de Ness al ver al doctor para dejarle hacer-
- Haced el
favor de encender la luz.- pidió el doctor algo serio.
Nat cerró la
puerta del cuarto y encendió la luz, se habían estado alumbrando solo con el
candil que Nora había dejado sobre la mesilla de Ness. Cuando se encontraba en
ese estado la luz no le hacía mucho bien.
El doctor le
examinó y continuó con gesto serio. Se incorporó.
- Tenemos que
bajarlo.- dijo el médico.- aquí no tengo lo necesario para tratarle. Ambas
mujeres asintieron.
- ¿Lo llevamos
a la enfermería?- preguntó Nat
- A la enfermería
no.- contestó el doctor- El equipo que necesito no se encuentra en la enfermería.-
dijo y ellas entendieron perfectamente donde quería llevar a Ness.- Además,-
continuó el doctor- si lo llevamos a la enfermería mañana tendríamos que
explicar su presencia allí.
- Natalia, si
me hacer el favor.- ordenó más que pidió el médico, sabiendo que solo ella
podía moverlo.
Nat pensó
entonces que desde que tenía uso de razón nunca nadie les había llamado por su
nombre completo. Néstor y Natalia, Natalia y Néstor. Únicamente el doctor
Mortensen y Nana cuando se enfadaba de veras con ellos. Allí les gustaban los
motes y las abreviaturas, así que ella siempre había sido Nat. Y su hermano
Ness. Puesto que se encontraban en Escocia les había parecido muy apropiado
aunque a veces se preguntaba si le habían llamado así por referencia al
monstruo.
La chica se
aproximó a la cama de su hermano y respiró profundamente tres veces, intentando
hacer acopio de fuerzas. Le gustaría que no presupusieran que sus capacidades
eran ilimitadas.
De un solo
intento cogió a Ness en brazos y salió de la habitación. Delante iban el doctor
y Nora con su candil.
- ¿Qué haces
con las linternas que te regalamos?- no pudo por menos Nat que preguntar. Nora
se giró y le sonrió. Le habían hecho esa pregunta muchas veces.
Bajaron la
escalera hasta el primer piso del torreón. Una vez allí se dirigieron a la
pared norte. A ojos profanos parecía una pared de piedra vagamente decorada,
solo destacaba la puerta del office de profesores, a la izquierda. Pero para
los que conocían bien los entresijos del castillo no resultaba difícil encontrar
la puerta oculta entre las grietas de la roca.
El doctor
activó el dispositivo que la abría. Bajaron las angostas escaleras que daban al
primer entresuelo. El aire allí siempre estaba viciado, no había ventilación.
Tampoco entraba nunca ni un rayo de luz, siempre se encontraba en la más
absoluta oscuridad. Nat se guiaba por la tenue luz del candil que portaba Nora
a unos pocos pies por delante de ella. El doctor conocía perfectamente el
camino, tanto era así que incluso sin ninguna visibilidad fue capaz de
adelantarse hasta la segunda puerta, pero allí necesitó algo de iluminación
para encontrar el mando de activación.
Entonces Nat
se dio cuenta de que no percibía su olor. Recordó que había visto salir su
enorme coche. Debía ser “Noche de fiesta” para él. No tenía que preocuparse
pues porque su dormitorio estuviera a tan solo unos (metros) de donde se
encontraban. Si Ness estuviera despierto no podrían estar allí, se volvería
loco, incluso sin estar él.
El doctor
abrió la segunda puerta y la cantidad de luz que entró desde el otro lado los
cegó momentáneamente. La diferencia era notable. Un complejo de paredes blancas
y tubos fluorescentes se abría ante ellos. Probablemente ni la mitad de la
gente que habitaba el castillo sabía que eso estaba allí debajo.
Nat empezaba a
notar que el peso de su hermano se hacía difícil de llevar. El doctor la
apremió y entró en el largo pasillo. La puerta se cerró tras de ellos. Siempre
que entraba en ese lugar un escalofrío la recorría. Le recordaba que donde
vivían no era solo una escuela, era también un laboratorio de investigación.
Los muchachos no eran solo alumnos, eran también conejillos de indias. Ness y
Nat no tenían otra opción.
A ambos lados
había laboratorios bien equipados con los últimos avances tecnológicos. Contrastaba
con el edificio del siglo XII que lo albergaba.
El doctor,
Nora y Nat llevando a Ness avanzaron por el pasillo. Había 2 técnicos
trabajando. Siempre había alguien trabajando. Se organizaban por turnos y, para
que no llamar la atención de nadie, se pluriempleaban como personal de
seguridad.
Llegaron al
fondo del pasillo. A la derecha, apartada del resto de instalaciones, había una
sala médica perfectamente equipada. Las luces de las salas estaban siempre
encendidas. Nat dejó a Ness sobre la camilla. El doctor Mortensen comenzó a
ponerle sensores para medir sus funciones vitales. Le sacó unas muestras de
sangre, sólo podía hacerlo bajo esas circunstancias, de otro modo resultaría
imposible acercarse al muchacho.
Nora y Nat observaban. El doctor
le inyectó estimulantes del ritmo cardíaco. Esperaron unos minutos.
El
doctor Mortensen había bajado su ritmo frenético de actividad y parecía
expectante. Por el gesto del médico los signos vitales de Ness se estaban
estabilizando.
-
Se recuperará.- dijo al fin- Siempre se recupera.- murmuró entre dientes.
“Si, siempre se recupera” pensó Nat “hasta que
llegue el día que no lo haga”.
-
Voy a entregar estas muestras para que las analicen.- dijo el doctor y salió de
la sala.
Nat
ni se dio cuenta de que se había acercado a la camilla y había puesto su mano
sobre el pecho de su hermano para sentir su respiración. Nora se acercó por
detrás y le puso suavemente la mano en el hombro.
-
Va a estar bien.- su voz era reconfortante. Hizo una pausa- Nat, deberías ir a
descansar. Mañana puedes tomarte el día libre y dormir. Yo hablaré con los
profesores y el director.
Pensó
durante unos instantes. Sentía que debía quedarse allí, cuidando de él como lo
había hecho siempre.
-
Yo me quedaré con Ness.- le adivinó Nora el pensamiento.
Nat
intentó replicar pero el cansancio no le permitía pensar.
-
Está bien.- acarició la cara de su hermano antes de dirigirse a la puerta
secundaria- Si hay algún cambio avísame.
-
Lo haré, no te preocupes.- contestó Nora.
Nat
la observó mientras se alejaba. Nora había llenado una palangana con agua y se
había hecho con unos paños. Se acercó a Ness y comenzó a limpiarle la cara
suavemente, como una madre dedicada.
Al
quitarle la sangre y la suciedad por la que estaba cubierto pudo verse su
rostro sereno, ajeno a todo lo que estaba pasando. Nora siguió aseándole con
cuidado retirando los restos de ropa y pelo que se desprendían.
Nat
se paró un momento para observarlos, en especial a Nana, y no pudo por menos
que agradecerle todo lo que estaba haciendo por su hermano y por ella, todo lo
que había hecho por ellos durante todos estos años para mantenerlos a salvo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario