miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nat&Ness



9 de Septiembre, Madrugada

              Salió de la cabaña. No estaba allí. Subió al techo para tener mejor panorámica pero no encontró nada.
Decidió entonces deshacer el camino que separaba la cabaña del castillo. El refugio estaba bien oculto, nadie más tenía porqué saber que existía. Llegó hasta la linde del bosque. La silueta del castillo se dibujaba ante ella. Una luz al fondo, un sonido de motor. Un Hummer se alejaba.
            Llevaba ya tres días buscando. La noche estaba cerrada. Saltó desde una rama de un árbol a otro. Era tan extraño. No había apenas árboles en millas a la redonda pero ese pequeño bosque era tan espeso. Acunado en la ladera sur de la montaña y alimentado por las aguas que caían desde la cumbre había conseguido abrirse paso entre los páramos desolados y rodear la orilla noroeste del lago, donde se erigía el castillo.


            Volvió a sondear su alrededor, agudizó su vista y oído pero no pudo percibir más que el viento en las ramas y unos pocos animales nocturnos. Tal vez más arriba. Saltó nuevamente sobre otro árbol y subió en dos saltos hasta la parte más alta. La copa acababa en pináculo, así que se asió a él. Sus ojos se tornaron amarillos, como cada vez que empleaba sus sentidos de esa manera. Podía ver mucho más allá que cualquier humano, incluso en esa oscuridad. Unas noches atrás habría resultado más fácil. Había habido luna llena hacía cinco días y su luz, aunque tenue, habría facilitado la tarea. Otra vez nada.
            Lo intentó con el resto de sus sentidos. Oyó acercarse una ráfaga de aire. Traía el aroma salado del mar. A pesar de encontrarse la costa a unas nueve millas a noroeste podía distinguir el olor de las aguas y lo que arrancaban de las escarpadas rocas. Pero nada de eso ayudaba en su búsqueda. Empezaba a desesperar.
            Saltó sobre un par de árboles más, su agilidad no tenía nada que envidiarle a sus sentidos. Decidió descender. Se posó sobre el suelo de golpe, estaba muy frío. Las hojas perennes de estos árboles no caían para cubrir las huellas, eso era una ventaja. Solo que no era capaz de encontrar ninguna.
              Se agachó para tratar de encontrar su rastro, una marca en el terreno o tal vez un olor conocido. Nada. En ese momento deseó que Jared estuviera allí. Él lo habría encontrado enseguida.
             Tres noches sin dormir comenzaban a hacer mella en su estado físico, y el anímico también.
            De pronto sintió la huida en pánico de una ardilla, como a media milla al noreste. Esperó unos instantes. Los pequeños roedores de la zona escapaban despavoridos. Todos se alejaban de un punto en concreto, y ella sabía muy bien de qué estaban huyendo.
            Corrió tan rápido como pudo. Llegó en dos minutos. Buscó por unos segundos y pronto un bulto en el suelo llamó su atención. Se acercó para distinguir un cuerpo yacente. Era grande, de un hombre adulto. Estaba de lado con la cara pegada al suelo. Respiraba agitadamente, probablemente se acababa de desplomar.
            - ¡Ness!- gritó al reconocer la silueta de su hermano. Se acercó y comprobó su estado. Se había desmayado. Trató de despertarle girándole la cara y propinándole pequeñas bofetadas pero no consiguió nada. Sin duda estaba exhausto. Respiró aliviada, por fin le había encontrado.
            Se sintió muy cansada de golpe, la adrenalina se estaba retirando, así que tuvo que hacer un último esfuerzo. Cogió a su hermano por la axila con toda la fuerza que le quedaba y lo puso sobre su hombro. Con el otro brazo le asió la cintura y se incorporó poniendo rumbo a la casa.


            El silencio que circundaba el castillo cada noche era profundo, como si tuviera entidad propia. Quebrarlo parecería sencillo, sin embargo, cada aullido del viento, cada pisada de animal, cada crujido de árbol era amortiguado hasta desaparecer.
             No fue un sonido pues lo que despertó a Nora, fue más bien una sensación. Se incorporó y se quedó sentada en la cama. Trató de despejarse. Se puso las zapatillas que descansaban a los pies de la cama. Se acercó hasta el sillón donde reposaba su bata y la cogió. Se la puso y se dirigió a la cómoda junto a la puerta donde había un viejo candil de gas.
 “Viejas costumbres” pensó al encenderlo, recordando cuantas veces le habían ofrecido una linterna para alumbrarse por las noches.
Salió al pasillo. Esta vez si le había parecido escuchar un ruido. Levantó un brazo para que la luz alumbrara frente a ella. Entornó los ojos para tratar de discernir. Distinguió una forma enorme en el recodo próximo al pasillo. Dobló la esquina y fue lentamente hacia ella. Apenas pudo ahogar el grito que le produjo el sobresalto.
- Nana, tranquila.- dijo una voz familiar- Soy yo.
Nora acercó el candil en dirección a la voz e iluminó el rostro de Nat. Lo subió un poco más para poder apreciar qué producía la sombra a su lado.
Se recuperó de la sorpresa inicial al reconocer el cuerpo de sucio de Ness.
- ¡Dios bendito!- exclamó- ¿Cómo se encuentra?
- Mal.- contestó Nat.
- Llevémoslo a su cama.- dijo Nora y ambas se dirigieron a la habitación contigua. Allí dormían Nat y Ness.
Originariamente las dos habitaciones estaban unidas y formaban un gran dormitorio con baño propio. Cuando llegaron los hermanos se decidió que, puesto que Nora iba a hacerse cargo de ellos, los niños dormirían junto a ella. Se construyó un muro que dividió la habitación en dos y se remodeló el baño para que tuviera acceso por ambos dormitorios.
Nat tiró a Ness sobre su cama, la de la izquierda, y los muelles crujieron.
- Ten cuidado hija.- le reprendió Nora. Nat no tenía fuerza para contestar, mucho menos para seguir cargando a su hermano.
Nora se acercó a Ness y pudo comprobar que respiraba levemente. Trató de encontrarle el pulso en la muñeca pero no fue capaz. Apoyó su cabeza sobre el pecho semidesnudo del muchacho, manchándose la cara de barro y sangre. No le importó, había conseguido escuchar el sutil palpitar de su corazón. Suspiró aliviada.
- Hay que avisar al doctor Mortensen.- se recompuso y dijo seria- ¡Vamos niña!- exclamó ante la impavidez de Nat.
La chica salió corriendo en dirección a la escalera para subir al piso superior donde estaban las habitaciones de los profesores y el personal médico. Afortunadamente la habitación del doctor era la primera de la izquierda.
Llamó repetidamente a la puerta aunque tratando de no hacer mucho ruido.
- Doctor Mortensen.- susurró con la cara de medio lado pegada a la puerta- Doctor Mortensen.
Escuchó movimiento y un juramento en una lengua que no reconoció. El doctor era danés. Unos segundos más tarde se abrió la puerta de la habitación y apareció el buen doctor en bata y pijama, con los ojos hinchados y gesto desorientado.
- Es mi hermano.- dijo Nat cuando supo que el doctor la había reconocido- Ha aparecido y no está en muy buenas condiciones.
El doctor no dijo nada. Entró de nuevo en su habitación, se dirigió hasta la mesilla de noche y cogió sus gafas de ver, que descansaban sobre un libro de cabecera. Salió del cuarto, cerró la puerta y se encaminó escaleras abajo siguiendo a Nat, que ya había tomado la delantera. A paso rápido llegaron a la habitación.
Nora se apartó de Ness al ver al doctor para dejarle hacer-
- Haced el favor de encender la luz.- pidió el doctor algo serio.
Nat cerró la puerta del cuarto y encendió la luz, se habían estado alumbrando solo con el candil que Nora había dejado sobre la mesilla de Ness. Cuando se encontraba en ese estado la luz no le hacía mucho bien.
El doctor le examinó y continuó con gesto serio. Se incorporó.
- Tenemos que bajarlo.- dijo el médico.- aquí no tengo lo necesario para tratarle. Ambas mujeres asintieron.
- ¿Lo llevamos a la enfermería?- preguntó Nat
- A la enfermería no.- contestó el doctor- El equipo que necesito no se encuentra en la enfermería.- dijo y ellas entendieron perfectamente donde quería llevar a Ness.- Además,- continuó el doctor- si lo llevamos a la enfermería mañana tendríamos que explicar su presencia allí.
- Natalia, si me hacer el favor.- ordenó más que pidió el médico, sabiendo que solo ella podía moverlo.
Nat pensó entonces que desde que tenía uso de razón nunca nadie les había llamado por su nombre completo. Néstor y Natalia, Natalia y Néstor. Únicamente el doctor Mortensen y Nana cuando se enfadaba de veras con ellos. Allí les gustaban los motes y las abreviaturas, así que ella siempre había sido Nat. Y su hermano Ness. Puesto que se encontraban en Escocia les había parecido muy apropiado aunque a veces se preguntaba si le habían llamado así por referencia al monstruo.
La chica se aproximó a la cama de su hermano y respiró profundamente tres veces, intentando hacer acopio de fuerzas. Le gustaría que no presupusieran que sus capacidades eran ilimitadas.
De un solo intento cogió a Ness en brazos y salió de la habitación. Delante iban el doctor y Nora con su candil.
- ¿Qué haces con las linternas que te regalamos?- no pudo por menos Nat que preguntar. Nora se giró y le sonrió. Le habían hecho esa pregunta muchas veces.
Bajaron la escalera hasta el primer piso del torreón. Una vez allí se dirigieron a la pared norte. A ojos profanos parecía una pared de piedra vagamente decorada, solo destacaba la puerta del office de profesores, a la izquierda. Pero para los que conocían bien los entresijos del castillo no resultaba difícil encontrar la puerta oculta entre las grietas de la roca.
El doctor activó el dispositivo que la abría. Bajaron las angostas escaleras que daban al primer entresuelo. El aire allí siempre estaba viciado, no había ventilación. Tampoco entraba nunca ni un rayo de luz, siempre se encontraba en la más absoluta oscuridad. Nat se guiaba por la tenue luz del candil que portaba Nora a unos pocos pies por delante de ella. El doctor conocía perfectamente el camino, tanto era así que incluso sin ninguna visibilidad fue capaz de adelantarse hasta la segunda puerta, pero allí necesitó algo de iluminación para encontrar el mando de activación.
Entonces Nat se dio cuenta de que no percibía su olor. Recordó que había visto salir su enorme coche. Debía ser “Noche de fiesta” para él. No tenía que preocuparse pues porque su dormitorio estuviera a tan solo unos (metros) de donde se encontraban. Si Ness estuviera despierto no podrían estar allí, se volvería loco, incluso sin estar él.
El doctor abrió la segunda puerta y la cantidad de luz que entró desde el otro lado los cegó momentáneamente. La diferencia era notable. Un complejo de paredes blancas y tubos fluorescentes se abría ante ellos. Probablemente ni la mitad de la gente que habitaba el castillo sabía que eso estaba allí debajo.
Nat empezaba a notar que el peso de su hermano se hacía difícil de llevar. El doctor la apremió y entró en el largo pasillo. La puerta se cerró tras de ellos. Siempre que entraba en ese lugar un escalofrío la recorría. Le recordaba que donde vivían no era solo una escuela, era también un laboratorio de investigación. Los muchachos no eran solo alumnos, eran también conejillos de indias. Ness y Nat no tenían otra opción.
A ambos lados había laboratorios bien equipados con los últimos avances tecnológicos. Contrastaba con el edificio del siglo XII que lo albergaba.
El doctor, Nora y Nat llevando a Ness avanzaron por el pasillo. Había 2 técnicos trabajando. Siempre había alguien trabajando. Se organizaban por turnos y, para que no llamar la atención de nadie, se pluriempleaban como personal de seguridad.
Llegaron al fondo del pasillo. A la derecha, apartada del resto de instalaciones, había una sala médica perfectamente equipada. Las luces de las salas estaban siempre encendidas. Nat dejó a Ness sobre la camilla. El doctor Mortensen comenzó a ponerle sensores para medir sus funciones vitales. Le sacó unas muestras de sangre, sólo podía hacerlo bajo esas circunstancias, de otro modo resultaría imposible acercarse al muchacho.
Nora y Nat observaban. El doctor le inyectó estimulantes del ritmo cardíaco. Esperaron unos minutos.
            El doctor Mortensen había bajado su ritmo frenético de actividad y parecía expectante. Por el gesto del médico los signos vitales de Ness se estaban estabilizando.
            - Se recuperará.- dijo al fin- Siempre se recupera.- murmuró entre dientes.
             “Si, siempre se recupera” pensó Nat “hasta que llegue el día que no lo haga”.
            - Voy a entregar estas muestras para que las analicen.- dijo el doctor y salió de la sala.
            Nat ni se dio cuenta de que se había acercado a la camilla y había puesto su mano sobre el pecho de su hermano para sentir su respiración. Nora se acercó por detrás y le puso suavemente la mano en el hombro.
            - Va a estar bien.- su voz era reconfortante. Hizo una pausa- Nat, deberías ir a descansar. Mañana puedes tomarte el día libre y dormir. Yo hablaré con los profesores y el director.
            Pensó durante unos instantes. Sentía que debía quedarse allí, cuidando de él como lo había hecho siempre.
            - Yo me quedaré con Ness.- le adivinó Nora el pensamiento.
            Nat intentó replicar pero el cansancio no le permitía pensar.
            - Está bien.- acarició la cara de su hermano antes de dirigirse a la puerta secundaria- Si hay algún cambio avísame.
            - Lo haré, no te preocupes.- contestó Nora.
            Nat la observó mientras se alejaba. Nora había llenado una palangana con agua y se había hecho con unos paños. Se acercó a Ness y comenzó a limpiarle la cara suavemente, como una madre dedicada.
            Al quitarle la sangre y la suciedad por la que estaba cubierto pudo verse su rostro sereno, ajeno a todo lo que estaba pasando. Nora siguió aseándole con cuidado retirando los restos de ropa y pelo que se desprendían.
            Nat se paró un momento para observarlos, en especial a Nana, y no pudo por menos que agradecerle todo lo que estaba haciendo por su hermano y por ella, todo lo que había hecho por ellos durante todos estos años para mantenerlos a salvo.


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