miércoles, 18 de septiembre de 2013

Nora




10 de Septiembre

            Había pasado toda la noche anterior velándole. También ésta. El buen doctor había venido en numerosas ocasiones para cerciorarse de que evolucionaba favorablemente. La recuperación era normal. En principio parecía más complicada esta vez pero tan solo porque habían tardado varios días en encontrarle. Días en los que desconocían por lo que había pasado.
            Ness seguía inconsciente pero tenía mucho mejor color. Le habían vestido y ya parecía más él.
            El ritmo de su respiración pausada era como un sedante para Nora, ahuyentaba sus miedos y traía recuerdos de tiempos lejanos ya, tiempos más oscuros para ella.


           Fue exactamente el 14 de Noviembre de 1992. El tiempo nublado contrastaba con la cálida corriente que se había acercado desde el océano. Era un día extraño. La luz no de dispersaba uniformemente al atravesar las nubes y confería a los alrededores del castillo un juego de sombras peculiar, dotándolo de un ambiente propicio para el mejor relato de suspense.
           Un solitario Land Rover subió por el escarpado camino de piedra que llevaba desde la carretera al castillo. Dentro viajaban dos hombres, llevaban algo en los asientos de atrás. Cruzaron el puente pero en lugar de dirigirse hacia la entrada principal giraron a la derecha y condujeron hasta las proximidades del torreón norte. Allí detuvieron el coche y descendieron.
              Nora estaba asomada a la ventana de su cuarto. Esperaba su llegada. Días atrás había recibido una llamada de Heinrich informándole de su llegada con dos nuevos inquilinos. Le extrañó puesto que no solían avisarle de ninguna llegada pero, en esta ocasión, Heinrich le había pedido que se ocupara ella personalmente.
               Fue precisamente él quien bajó del asiento del conductor. Por la otra puerta descendió otro hombre. Ambos se dirigieron a la parte de atrás del vehículo y abrieron las puertas.
            Nora desde el primer piso donde se encontraba pudo distinguir con claridad como cada uno de los hombres cogía en brazos a un niño de unos tres años. Heinrich llevaba a una niña morena que dormía con tranquilidad. Michael, el otro hombre, era uno de los agentes de seguridad del centro y cargaba a un niño que se estaba desperezando y mirando a su alrededor. Se dirigieron hacia la entrada secundaria que había en el corredor a la derecha de la sala de reuniones.
            Nora bajó a recibirles. En el tiempo que tardó en descender al piso bajo, cruzar el pasadizo y bajar por las escaleras hasta el vestíbulo, el niño había roto a llorar y había despertado a la niña, que estaba dudando en acompañarle o no en el llanto.
               Nora aceleró el paso para llegar hasta ellos lo antes posible y tratar de consolarlos. Tendió los brazos a Michael para que le diera al niño. Comenzó a acunarlo y a decirle que se calmara.
            - No te entiende.- le dijo Hienrich.
              Nora le miró con gesto de curiosidad.
          - Vayamos al despacho del director, nos está esperando.- continuó- Michael, haz el favor de coger los equipajes.- dijo dirigiéndose al hombre.
            Heinrich comenzó a andar en dirección al despacho del director con la niña en brazos. Nora le siguió con el niño.
            Atravesaron el amplio pasillo y llegaron al recibidor del torreón principal, pasaron de largo la escalinata y llegaron a la puerta que daba a la antesala del despacho del director. Entraron.
           Heinrich dejó a la niña en el suelo. Ella, de pie, se frotaba con una mano los ojitos pero con la otra no soltaba la de Heinrich. Él llamó a la puerta. Tras unos segundos una voz áspera les indicó que entraran.
            Por aquel entonces el director de la institución era Anton Hayes, un británico de unos sesenta años, de semblante serio y ceño fruncido.
           El despacho era amplio, con dos grandes ventanales en la pared frente a la puerta, gracias a las cuales la habitación estaba muy bien iluminada, incluso en un día tan sombrío. El director se sentaba de espaldas a ellos sobre un sillón victoriano acolchado y forrado en color Burdeos. Delante de él un macizo escritorio de roble oscuro guardaba una distancia más que prudencial con las dos sillas para invitados que había enfrente, del mismo estilo y color que el sillón. Las paredes se cubrían casi en su totalidad de estanterías con libros, salvo una puerta a la derecha que conducía a un baño privado y los archivadores con documentos del fondo y un sofá algo más moderno pegado a la pared de la izquierda.
            - Ya habéis llegado. Afirmó el director Hayes sin levantar la mirada del documento que estaba rellenando.
            Heinrich no contestó. El gesto grave del hombre era intimidante hasta el extremo que el niño había dejado de llorar.
             Anton Hayes finalizó lo que estaba escribiendo, dejó con delicadez la pluma sobre el papel y, levantando la cabeza con una leve sonrisa y un gesto de la mano invitó a sus interlocutores a tomar asiento. Ambos lo hicieron, cogiendo a los niños en sus respectivos regazos.
            - ¿De modo que estos son Néstor y Natalia?- preguntó.
            - Estos son.- confirmó Heinrich.
             El director los sonrió, ahora no parecía tan amenazante.
            - Son unos niños muy guapos.- continuó. Reparó entonces en el gesto desconcertado de Nora.
            - Nora, quisiera presentarte a Néstor y a Natalia (Apellido), van a ser nuestros nuevos alumnos.
            - ¿Alumnos?- preguntó Nora- pero si solo son unos niños.
            - Lo sabemos.- dijo el director.- pero sus cualidades han de ser observadas desde temprana edad.
            - ¿Y sus padres están de acuerdo con eso?- continuó indagando Nora después de unos segundos de incertidumbre. Se hizo un breve silencio.
            - Su madre falleció.- se lamentó el director- Y su padre nos ha cedido la guardia y custodia de los pequeños.
            - ¿Cedido?- se extrañó ella- ¿Cómo puede un padre ceder a sus hijos?...
            - El padre no los quiere.- interrumpió tajantemente Heinrich.
            - ¿Cómo que no los quiere?- preguntó Nora muy despacio, no entendiendo muy bien a qué podía referirse.
            - No los quiere.- le contestó Heinrich mirándola fijamente- No le importan, no le preocupan…
            - ¿Cómo es eso posible?- continuó preguntando incrédula.
            - El padre tiene miedo de sus hijos.- intervino el director.
            Nora quedó callada. Anton Hayes continuó.
            - Él culpa a los niños de la muerte de su madre…murió en el parto.- hizo una pausa, se inclinó y cruzó las manos sobre la mesa, frente a él- Ella…tenía una enfermedad. La transmitió durante el embarazo a los niños. Esa enfermedad es muy poco común y bastante peligrosa, no solo para quienes la sufren, sino también para quienes les rodean. Es por eso por lo que estos niños han de estar en permanente vigilancia.
            - Vaya…- dijo ella.- ¿Es una enfermedad infecciosa?
            - No se propaga por el aire o por contacto, de hecho únicamente se transmite de una manera muy poco ortodoxa.- explicó el director.
            Los niños, que habían permanecido bastante quietos durante ese rato empezaron a cansarse y a revolverse. Hablaban entre ellos y con los adultos señalando cosas pero no los entendían.
            -¿Desde donde vienen estos niños?- preguntó Nora al darse cuenta de que no entendía el idioma en el que hablaban.
            - Vienen del norte de España.
            Nora los miró con cariño.
            - ¿Y qué va a ser de ellos?-preguntó.
            - Habíamos pensado que tú te ocuparas de ellos.- le espetó el director sin ningún tipo de contemplación.
            -¿Yo?- se quedó perpleja.
            El director hizo otra pausa.
          - Llevamos estudiando este caso desde antes de que los niños nacieran, hace ya más de tres años. Heinrich ha realizado todo el seguimiento.- Nora miró a Heinrich, que jugaba con la niña- Ha sido un proceso largo. Las gestiones que hemos tenido que realizar para que nos cedieran la guardia y custodia han sido complicadas, y me temo que no todo lo transparentes que nos hubiera gustado.- carraspeó y continuó- Durante todo este tiempo tanto Heinrich como yo y todos los miembros relacionados con el proyecto en esta institución hemos estado especulando quien sería la mejor opción para ocuparse de estos niños tan especiales.- se detuvo brevemente.
            - Nora…llevas más de veinte años dedicada a esta empresa. Eres conocida por los miembros de esta entidad más allá incluso de las paredes de este castillo y siempre que se planteaba esta cuestión surgía un nombre…el tuyo.- sentenció.
            - Yo…yo…no sé qué decir.- balbuceó.
            - Di que sí.- le sonrió Heinrich.
            - Yooo…- balbuceó de nuevo Nora, luego hizo una pausa y quedó pensativa, sin lugar a dudas sopesando los pros y los contras de la petición.
            - Director Hayes,- dijo esta vez con voz templada y gesto seguro- soy la gobernanta de la escuela y este es un trabajo al que dedico todo mi tiempo. He cumplido ya 50 años y hace mucho que renuncié a tener familia. No creo que yo sea la opción más acertada.
            - Nora- el director la miró directamente a los ojos-, serás la única madre que vayan a conocer. Nadie más va a querer hacerse cargo de ellos
            Éste último comentario hizo mella en la sensibilidad de la mujer. Ella sabía de primera mano lo que era no ser querida por nadie.
            - No van a conocer más hogar que este castillo.- intervino Heinrich, sabedor de que ella se sentía identificada con esa idea.
            - Pero, ¿cómo lo vamos a hacer?- comenzó a ceder- yo no puedo dejar mi trabajo, sería un desastre.
          Heinrich y el directo Hayes sonrieron, en eso tenía razón. Nora se había encargado de hacer funcionar el castillo desde hacía tanto tiempo que era imposible imaginar qué sería de ellos sin su trabajo.
            - Tranquila,- dijo el director- una de las enfermeras cuidará de los niños cuando estés trabajando y todos nosotros,- comentó refiriéndose al profesorado- nos vamos a ocupar de su educación, tanto de la elemental como de la especial.
            Nora no pudo por menos que mirar a los niños con una sonrisa emotiva.
            - Hemos contratado a una profesora de educación infantil que habla español. Estará aquí hasta que los niños aprendan a hablar inglés.- contestó el director, adelantándose a la posible pregunta de la mujer.
            - No tengo opción a decir que no.- reconoció Nora.
            - No.- dijo el director.
            - Ninguna.- sonrió Heinrich.


            Había recordado aquel día a menudo es estos 17 años que habían pasado desde entonces. Nunca había sido fácil y menos desde que Ness comenzó a manifestar la enfermedad de forma virulenta. La pobre Nat había tenido más suerte. Sus síntomas eran mucho más leves, aunque eso mismo había provocado el sentimiento de culpabilidad que la ataba a cuidar de su hermano. Eso y el amor incondicional que se profesaban.
           
Nora regresó de sus recuerdos. Comenzaba a amanecer y con alba llegaban sus responsabilidades. Cada mañana se despertaba puntualmente a las cinco y media de la mañana. Se aseaba y vestía y recogía la habitación. Después bajaba a la cocina, casi siempre era la primera. Revisaba los fogones y el género y recibía a los repartidores los días de entrega. A las seis y media comenzaba a llegar el personal de servicio. Se reunían allí mismo confirmando el menú del día, que había sido planeado anteriormente, y realizando el reparto de tareas. Comenzaban entonces a preparar el desayuno: grandes cantidades de café, té, zumos, leche, cacao, bollería, tostada, embutidos, huevos, fruta y cereales eran dispuestos cada día para satisfacer las necesidades y gustos de todos y cada uno de los habitantes del castillo. Cuando todo estaba listo el personal de cocina y servicio desayunaba por turnos, tras los cual todos se dirigían a sus puestos correspondientes. Subían los alimentos por el montacargas hasta el comedor y en la planta superior los camareros ordenaban todo a la espera de la llegada de los comensales. El horario de desayuno comenzaba a las ocho de la mañana y se servía hasta las nueve menos diez puesto que a las nueve comenzaban las clases. Si algún rezagado quería desayunar después de esa hora tenía que bajar a la cocina y confiar en la amabilidad de Nora que, por regla general, iba acompañada de un sermón sobre puntualidad y horarios establecidos.
Finalizada la hora del desayuno Nora supervisaba la recogida de enseres tras lo cual se reunía con el personal de limpieza y les encomendaba sus faenas. Para aquel entonces solían ser sobre las diez y media de la mañana. Casi todos los días coincidía en algún punto con el señor Quids, el jardinero, y departía con él un rato tranquilamente, casi siempre quejándose de achaques propios de la edad y de lo difícil que resultaba llevar un lugar tan grande sin que surgiera algún que otro inconveniente. Después Nora solía disfrutar de algún rato de tranquilidad, por regla general interrumpido por los requerimientos de unos y otros. Tras salvar los escollos de la mañana llegaba la hora de la preparación de la comida y su posterior subida y distribución en el comedor. Un ritual similar se repetía, como antes se había hecho en el desayuno y después se haría en la cena. Durante la sobremesa charlaban con los profesores y el director. Era uno de los mejores momentos del día. Intercambiaban impresiones y opiniones sobre los alumnos y también sobre los escasos sucesos del exterior que atravesaban esos muros.
Al terminar el horario de comida, que era de una y media a dos y media, proseguían con la recogida y la limpieza. Los lavavajillas industriales de los que disponían hacía diez años facilitaban una labor que hasta entonces se había hecho a mano.
La tarde solía emplearla en planear el día siguiente y realizar previsiones para dos o tres días. El resto del tiempo lo ocupaba en tratar de solucionar los inevitables percances que iban surgiendo a lo largo del día. Siempre le había resultado curioso comprobar como resultaba prácticamente imposible que todo saliera tal y como se había dispuesto.
Al finalizar las clases ya se habían iniciado los preparativos de la cena. El rito se repetía. La cena empezaba a las seis y se dejaba de servir a las siete. Después de recoger y limpiar acababa el turno de servicio y también el de Nora, salvo incidencia puntuales.
La jornada laboral de Nora era de más de doce horas aunque realmente nunca dejaba de estar de servicio. A cualquier hora del día o de la noche la podían reclamar. Esa era su vida. Nunca se había quejado de la monotonía. Se aferraba a la rutina como a una tabla de salvación. Aquel lugar y aquella gente habían salvado su vida, le habían dado el hogar y la familia que mucho tiempo atrás le habían sido arrebatados. Les debía todo.


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